Leyenda de la Guía (María Luisa Castellanos)

 María Luisa Castellanos escribió un libro titulado «La Leyenda de la Guía». 1913

(Estudio histórico fabuloso), como homenaje al barrio (La Calzada) donde ella había nacido.

De las hojas azules del libro extracto unos párrafos que yo oí leer antes de ser publicado, puesto que la autora era mi dueña por entonces.

La leyenda:

Las rocas verdinegras que bordean la ría y sobre cuya ábside se asientan las casas, dejan entre ellas una urna que el gran elemento oceánico formó, para que alguna mano piadosa colocara allí la imagen de la Reina de los Mares, auxilio y consuelo del pobre marino, y al pie de aquella figurina un candil de aceite pende encendido durante todas las noches del año. Muchas de ellas se ve en torno del fanal, un grupo de pescadoras que espera el retorno de sus padres y hermanos que fueron a los mares del Norte a pescar la ballena. Y no tienen pena, porque aquella imagen que está allí con su hijo entre los brazos ha de guiarlos, ya que ella también lo esperó en los largos días del Calvario.

Pero esta noche la dejaron sola. El mar está en calma, las barcas amarradas a la orilla indican que los marinos volvieron a sus casas y están entreteniendo a los suyos contándoles historias de otros mundos, que los chiquillos oyen atontados y las mujeres admiradas: encuentros con piratas normandos y noruegos, que van de costa en costa y de mar en mar asaltando al mercader y al pescador.

Sigue la narración hasta bien entrada la noche… en que los rapaces duermen y en tanto la Virgen sigue sola en su cámara tapizada de líquenes, donde sólo la acompañan algas y lapas que la rinden vasallaje. Una ráfaga de aire apaga el candil y la luna se oculta tras una nube.

Sólo el tenue chocar del mar contra las barcas interrumpe el encanto de esta preciosa hora -propia para hablar de amores, a propósito para confidencias- haciendo de la Villa un sepulcro, pues durante la noche ningún habitante sale de su morada.

Todos están entregados al reposo, para reparar las fuerzas perdidas en el trabajo durante la vigilia.

Se abre la puerta llamada de Llegar y ante el guardián que dormita a la sombra de vetusta casa, aparecen unos ojos chispeantes, que no son los de un hombre, puesto que a los pocos momentos la figura de una arrogante mujer, envuelta en un manto, se descubre del todo, después de un ligero ruido que la puerta produce al abrirse.

Abrió los ojos el vigilante espantado y se puso en pie, temiendo que alguno saliera del radio comprendido dentro de las murallas sin permiso de la autoridad; pero una palabra, una consigna dada de antemano y una escarcela repleta de oro que pasó de la mano de la dama a las ávidas y callosas del otro, fue lo suficiente para que la puerta se abriera del todo y ella siguiera su camino.

Cruzó doña Beatriz de Quiñones el puente -era ella la que al parecer salía en busca de aventuras al barrio de los plebeyos, extramuros de Llanes- y llegó a la escarpada roca mirando a todos lados.

El corazón le quería saltar del pecho, la espalda le producía sudor, las piernas le temblaban y fija se quedó en lo alto de la roca como una figura espectral.

El aire de la noche sacudía sus vestiduras, la luna brilla de nuevo en el cielo surgiendo como un globo esmerilado sobre el fondo negro sideral y doña Beatriz cobra alientos y se dispone a bajar la escalinata, que la mano desconocida del tiempo, formó en la pelada y húmeda peña. Se arrodilla Beatriz de Quiñones, recogiendo su manto, como si se dispusiera a orar fervorosamente; pero no, en lugar de cruzar sus manos en ademán de plegaria comenzó una perorata llena de odio y rencor hacia la sagrada imagen.

-Comienza la mujer: «Quieres ser más hermosa que yo, pero nunca lo conseguirás. Ante tu rincón, que parece un nido de águila, inclinan magnates y plebeyos la rodilla, pasando cerca de mi palacio -hermoso y moderno- y contentándose con quitar el chambergo o el bonete solamente».

Clareaba la aurora y ella seguía con su impía catilinaria, hasta que, agotada la paciencia, arrancó de un tirón la hermosa imagen de María, arrojándola al mar, al tiempo que las aguas reverentes se abrieron, formando miles de circunferencias, concéntricas a la imagen, y cerrándose tras ella, le dieron blando lecho sobre las doradas arenas -que pías- al llegar el cuerpo, diseñaron una plegaria.

Las perlas salieron de sus conchas y corrieron presurosas a bordar el vestido de María; el nácar se posó sobre su frente, cuello y manos; el coral acarició sus labios, el sol besó con hilos de oro los cabellos y el cielo azul se reflejó en sus ojos.

Una paloma blanca surgió del fondo y, elevando tranquilo vuelo, se fue a posar en un campo que se eleva al Noroeste de la Villa.

Y doña Beatriz, aterrada por su falta, siguió a la paloma yéndose al alto campo, donde lloró arrepentida y contrita, confesando en alta vez sus pecados que sólo oyeron las ondas azules del mar y en medio de la soledad -apenas matutina- los ecos de su misma voz, al repercutir en la oquedad del monte, parecían perdonarla…  A la mañana siguiente, serían las cuatro, bajó Antonio de la Pesa, más conocido por el tío Tono, marinero del Cueto, a dedicar una corta oración a los pies de la Virgen del acantilado, como hacían diariamente los marineros de la Villa, implorando protección, para obtener buena pesca y verse libres de tempestades.

Llego a la rústica capilla e hincó sus rodillas en tierra . . . Los ojos diminutos del marinero se levantaron hacia la imagen. .. y de repente, se puso en pie, restregó los ojos con sus terrosas manos y volvió a mirar. ¡Nada! ¡La imagen, no estaba!. Tío Tono, se subió a unos muros que había frente al Concejo y empezó a contar lo ocurrido con la imagen al grupo de curiosos que le rodeaban. . .  Y después de discurrir por las calles más de dos horas comentando el suceso, todos cruzaron el puente, para ver el nicho solo y el candil caído: se había roto en pedazos la más querida leyenda del pueblo . . .  Tres barquillas llegaban de la pesca.

Tan arriesgada empresa no les había dado todo el producto que ellos esperaban: el coloso de los mares no venía en sus barcas y el tío Tono, patrón de la chalupa Santa Ana, gruñía en la proa, porque el viaje fue inútil, la tempestad estaba próxima y aún faltaban muchas leguas para llegar a la Villa… Pronto Nolín, el arrapiezo pelambrón y revoltoso, gritó abriendo sus ojillos durmientes y nada limpios: -¡Mirad, chachos, mirad! Una caja que flotando viene hacia aquí y una paloma revolotea encima!

-Tú ves visiones, dijo el patrón. Qué va a traer paloma; es una caja de mercancías que se ha escurrido, seguramente, de alguna velera.

Después de mucho esfuerzo, lograron cautivar el flotante paquete y atónitos vieron a la paloma arrullar, al tiempo que rodeaba a la caja con cortos vuelos y repitiendo con dulcísimo acento las palabras: -¡Marinero, guía, guía! iba volando en dirección hacia Llanes, suspendiendo momentáneamente su vuelo para esperar a la barca, que traía la preciosa caja.

Al levantar la tapa quedaron mudos de asombro al ver a la Virgen que había desaparecido de su nicho y que nadie había podido encontrar, creyendo muchos piadosos que, cansada de estar en la roca y por no tener capilla, había ascendido un día a los cielos, y hubo otros trasnochadores que aseguraron haberla visto subir, en blanca nube, una noche de luna…

Al llegar tomaron la caja cuatro marineros y subiendo el acantilado, se dirigieron a la iglesia; pero el alba y simbólica ave, tomando nuevo rumbo, subió en vuelo rápido hacia la pequeña montaña en que doña Beatriz de Quiñones lloró en noche aciaga sus pecados. . .  Los obreros del Cueto y de la Moría marchan con sus esportillas al hombro camino del trabajo, viniendo muchos de San Roque, la Galguera y Parres, no faltando a su vez, los de la parroquia de Posada. Caminan alegres hacia el lugar donde está la obra. Desde el puente creen percibir las almenas blancas de la torre, que sobre el acantilado tiene su asiento y cuyos cimientos de roca viva, verdosos y negros, son acariciados por las aguas de la ría. Llegan cerca del lugar, y cual no sería su asombro al no ver ni vestigios de la majestuosa morada que estaban edificando; sólo unos pedazos terrosos v calcáreos, señalaban un camino que conducía al sitio donde hoy está edificada la Capilla de la Guía. Sintieron tenue aleteo de alas y la mágica voz de la paloma dejó escuchar sus ecos de siempre.

– ¡Guía!, ¡guía!

Y guiados por ella llegaron al montículo donde había formado su nido, viendo en la cúspide los cimientos de la capilla según los habían dejado ellos la noche anterior.

 

Esto, en el libro de María Luisa Castellanos, es la leyenda, según le contó a ella cuando era niña, una amable tejedora del Cueto.

Leyenda de la Guía (María Luisa Castellanos)

Por: Jose Bolado

Foto:  de la Fototeca del Oriente

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